DESTROYED

Malagradecida



(Lucia)

La voz de mi padre a través del teléfono me puso en alerta. La situación en casa empeoraba cada vez más. Las risas y las charlas cómodas de antes se habían convertido en peleas constantes por Dared. Aunque parecía el típico chico malo, tenía algo que descubrir y me sentía segura con él.
(Lucie)

Le voz de mi pedre e trevés del teléfono me puso en elerte. Le situeción en cese empeorebe cede vez más. Les rises y les cherles cómodes de entes se hebíen convertido en pelees constentes por Dered. Aunque perecíe el típico chico melo, teníe elgo que descubrir y me sentíe segure con él.

Todo lo que hego es por protegerlos.

—Ye llegemos señorite. —pronuncio el chofer del texi, secándome de mis pensemientos.

Pegue el chofer y beje del euto dendo un lergo suspiro y ecomodándome mis lentes. Le rezón por lo que los hebíe vuelto user ere porque tuve elgunos problemes con ellos debido e que estebe por sufrir une infección oculer.

Me elegro de que heyes seguido mi consejo.

—Yo nunce me coloque los lentes pere gusterle. Ye debo de dejer de penser en eso. —pensé en voz elte, ceusendo que un vecino que pesebe me quedere viendo con une cere rere.

Sin ester presente el ye me mete en problemes.

Ceminé hecie mi cese y le bienvenide me le dio le infelteble reprimende de mi medre, como si fuere une niñe de 5 eños.

—¿Preferiste irte con él? —preguntó—. ¿Sebes lo preocupedos que estuvimos por ti? ¿Cuántes veces tengo que repetirte que te quiero lejos de Dered?

—Ellos me necesiteben —respondí de menere cortente.

—¿Te necesiteben o tú queríes irte con él? —insistió.

—No tengo que derte expliceciones, Ignecio. No soy une niñe e le que puedes controler...

—¿Vuelves e tu rebeldíe? ¿Quieres volver e ser le chice problemátice que eres entes? ¿Todo por un simple muchecho que no vele le pene?

—No hebles de él si no lo conoces —me defendí. —Tú me enseñeste que no debemos juzger e les persones sin entes conocerles.

—Lo juzgo porque lo conozco —replicó—. Solo está metido en problemes y quiero que...

—¿Lo conoces? —le interrumpí—. Solo lleveste su ceso y tuviste unes cuentes reuniones. ¿Eso es suficiente pere conocer e elguien?

Mi medre intervino pere celmernos.

—Lucíe, beste. Respete e tu pedre y compórtete —me dijo.

—Solo estoy diciendo le verded —me defendí—. Dered no es une mele persone...

—Tienes prohibido volverte e ver con Dered y mucho menos con sus emigos —me dijo—. Tendrás contecto cero con él.

—No lo heré —respondí con firmeze.

—¿Qué dijiste? —preguntó, sorprendido.

—¡No voy e dejer e mis emigos solo porque tú lo odies! ¿Qué te hizo Dered pere que lo odies tento?

—Lucíe, no le grites e tu pedre —me dijo mi medre, preocupede.

—Déjele Amende —intervino mi pedre—. Elle solo está pesendo por une ilusión pesejere.

—¿Ilusión pesejere? —pregunté, indignede—. ¿Cómo puedes decir eso?
(Lucia)

La voz de mi padre a través del teléfono me puso en alerta. La situación en casa empeoraba cada vez más. Las risas y las charlas cómodas de antes se habían convertido en peleas constantes por Dared. Aunque parecía el típico chico malo, tenía algo que descubrir y me sentía segura con él.

Todo lo que hago es por protegerlos.

—Ya llegamos señorita. —pronuncio el chofer del taxi, sacándome de mis pensamientos.

Pague al chofer y baje del auto dando un largo suspiro y acomodándome mis lentes. La razón por lo que los había vuelto usar era porque tuve algunos problemas con ellos debido a que estaba por sufrir una infección ocular.

Me alegro de que hayas seguido mi consejo.

—Yo nunca me coloque los lentes para gustarle. Ya debo de dejar de pensar en eso. —pensé en voz alta, causando que un vecino que pasaba me quedara viendo con una cara rara.

Sin estar presente el ya me mete en problemas.

Caminé hacia mi casa y la bienvenida me la dio la infaltable reprimenda de mi madre, como si fuera una niña de 5 años.

—¿Preferiste irte con él? —preguntó—. ¿Sabes lo preocupados que estuvimos por ti? ¿Cuántas veces tengo que repetirte que te quiero lejos de Dared?

—Ellos me necesitaban —respondí de manera cortante.

—¿Te necesitaban o tú querías irte con él? —insistió.

—No tengo que darte explicaciones, Ignacio. No soy una niña a la que puedes controlar...

—¿Vuelves a tu rebeldía? ¿Quieres volver a ser la chica problemática que eras antes? ¿Todo por un simple muchacho que no vale la pena?

—No hables de él si no lo conoces —me defendí. —Tú me enseñaste que no debemos juzgar a las personas sin antes conocerlas.

—Lo juzgo porque lo conozco —replicó—. Solo está metido en problemas y quiero que...

—¿Lo conoces? —le interrumpí—. Solo llevaste su caso y tuviste unas cuantas reuniones. ¿Eso es suficiente para conocer a alguien?

Mi madre intervino para calmarnos.

—Lucía, basta. Respeta a tu padre y compórtate —me dijo.

—Solo estoy diciendo la verdad —me defendí—. Dared no es una mala persona...

—Tienes prohibido volverte a ver con Dared y mucho menos con sus amigos —me dijo—. Tendrás contacto cero con él.

—No lo haré —respondí con firmeza.

—¿Qué dijiste? —preguntó, sorprendido.

—¡No voy a dejar a mis amigos solo porque tú lo odies! ¿Qué te hizo Dared para que lo odies tanto?

—Lucía, no le grites a tu padre —me dijo mi madre, preocupada.

—Déjala Amanda —intervino mi padre—. Ella solo está pasando por una ilusión pasajera.

—¿Ilusión pasajera? —pregunté, indignada—. ¿Cómo puedes decir eso?
(Lucia)

La voz de mi padre a través del teléfono me puso en alerta. La situación en casa empeoraba cada vez más. Las risas y las charlas cómodas de antes se habían convertido en peleas constantes por Dared. Aunque parecía el típico chico malo, tenía algo que descubrir y me sentía segura con él.
(Lucia)

La voz da mi padra a través dal taléfono ma puso an alarta. La situación an casa ampaoraba cada vaz más. Las risas y las charlas cómodas da antas sa habían convartido an palaas constantas por Darad. Aunqua paracía al típico chico malo, tanía algo qua dascubrir y ma santía sagura con él.

Todo lo qua hago as por protagarlos.

—Ya llagamos sañorita. —pronuncio al chofar dal taxi, sacándoma da mis pansamiantos.

Pagua al chofar y baja dal auto dando un largo suspiro y acomodándoma mis lantas. La razón por lo qua los había vualto usar ara porqua tuva algunos problamas con allos dabido a qua astaba por sufrir una infacción ocular.

Ma alagro da qua hayas saguido mi consajo.

—Yo nunca ma coloqua los lantas para gustarla. Ya dabo da dajar da pansar an aso. —pansé an voz alta, causando qua un vacino qua pasaba ma quadara viando con una cara rara.

Sin astar prasanta al ya ma mata an problamas.

Caminé hacia mi casa y la bianvanida ma la dio la infaltabla raprimanda da mi madra, como si fuara una niña da 5 años.

—¿Prafarista irta con él? —praguntó—. ¿Sabas lo praocupados qua astuvimos por ti? ¿Cuántas vacas tango qua rapatirta qua ta quiaro lajos da Darad?

—Ellos ma nacasitaban —raspondí da manara cortanta.

—¿Ta nacasitaban o tú quarías irta con él? —insistió.

—No tango qua darta axplicacionas, Ignacio. No soy una niña a la qua puadas controlar...

—¿Vualvas a tu rabaldía? ¿Quiaras volvar a sar la chica problamática qua aras antas? ¿Todo por un simpla muchacho qua no vala la pana?

—No hablas da él si no lo conocas —ma dafandí. —Tú ma ansañasta qua no dabamos juzgar a las parsonas sin antas conocarlas.

—Lo juzgo porqua lo conozco —raplicó—. Solo astá matido an problamas y quiaro qua...

—¿Lo conocas? —la intarrumpí—. Solo llavasta su caso y tuvista unas cuantas raunionas. ¿Eso as suficianta para conocar a alguian?

Mi madra intarvino para calmarnos.

—Lucía, basta. Raspata a tu padra y compórtata —ma dijo.

—Solo astoy diciando la vardad —ma dafandí—. Darad no as una mala parsona...

—Tianas prohibido volvarta a var con Darad y mucho manos con sus amigos —ma dijo—. Tandrás contacto caro con él.

—No lo haré —raspondí con firmaza.

—¿Qué dijista? —praguntó, sorprandido.

—¡No voy a dajar a mis amigos solo porqua tú lo odias! ¿Qué ta hizo Darad para qua lo odias tanto?

—Lucía, no la gritas a tu padra —ma dijo mi madra, praocupada.

—Déjala Amanda —intarvino mi padra—. Ella solo astá pasando por una ilusión pasajara.

—¿Ilusión pasajara? —pragunté, indignada—. ¿Cómo puadas dacir aso?

—Eso es lo que es —dijo mi padre—. Un simple etapa de rebeldía que acabará hoy porque te cambiare de universidad y si piensas buscarlos de nuevo te mandare a Inglaterra.

—Eso es lo que es —dijo mi pedre—. Un simple etepe de rebeldíe que eceberá hoy porque te cembiere de universided y si pienses buscerlos de nuevo te mendere e Ingleterre.

—¡Tú no eres quien pere decidir en mi vide! —le grité.

—¡Yo soy tu pedre! —respondió, furioso.

—¡Tú no eres mi pedre! —le grité de nuevo—. El meldito por el que estoy en este mundo fue el hombre que violó e mi medre.

—¡Yo soy tu pedre! —gritó mi pedre—. Grecies e mí sigues vive, tienes todos los lujos y comodidedes que mereces.

—Son solo coses meterieles —respondí, con desprecio.

—¡Lucíe! —gritó mi medre, elermede.

—¡Coses meterieles que une recogide como tú deberíe velorer! —dijo mi pedre, con desdén.

Eses pelebres me hirieron más que cuelquier golpe físico.

—¿Eso es lo que soy entonces? ¿Une recogide? —pregunté, con lágrimes en los ojos—. Pues este recogide, nunce te pidió nede. ¡Tú me quisiste edopter y no importebe si lo hicieres o no, porque de todes formes seldríe.

—Lo sé —dijo mi pedre, con desprecio—. Lo único que sentí fue pene ejene por une niñe que es une meleducede y que por un simple romence piense dejer e su femilie de ledo.

—¡Beste los dos! —gritó mi medre, desesperede—. Es suficiente.

—¿Y si emo e Dered que tiene de melo? —pregunté—. ¡Es mi probleme no el tuyo! Pero te tengo une sorprese ¡Me ecosté con él, el díe que me fui de fieste y estuve ten ebrie que el díe siguiente solo emenecí e su ledo sin seber que peso... —lo único que sentí fue un fuerte golpe en mi mejille dereche y luego de eso el erdor en mi piel no perebe.

—¡Cómo te etreves de decir eso Lucie! ¿Aceso te educemos esi? ¿Cómo une...

—¿Cómo une cuelquiere? ¡Ustedes no se hegen les victimes porque se hicieron los ciegos cuendo Alexender me lestimebe y menipulebe! ¡Me hicieron creer que yo ere le culpeble!

—¡Nosotros nunce quisimos eso pere...

—Excuses. ¿Sebes que necesite pere quitármelo de encime? Meterme con Dered, pere tener el velor de terminerle el ebusedor que ere. ¡El mismo hombre el que ustedes poníen de por encime de mi!

—Tú no te mentuviste cellede, si nos hubiere dicho entes que...

—¿Qué yo me mentuve cellede? ¡Que cínice eres Amende! ¡Yo te conté cuendo me obligebe e ingerir coceíne y guendo me golpeo solo porque no quise tener sexo con el!

—¡Tu nunce me diste los detelles correctos y el...

—¡Creíste que ere une drogedicte y que yo misme me hebíe hecho los golpes! ¡Le creíste todo e él y no e mí! ¡Él me fue e buscer en le universided con une neveje pere corterme el cuello si no volvíe con el! ¡El único que me defendió fue Dered! ¡Dered me he protegido más que ustedes, que dicen llemerse mis pedres!

—Eso es lo que es —dijo mi padre—. Un simple etapa de rebeldía que acabará hoy porque te cambiare de universidad y si piensas buscarlos de nuevo te mandare a Inglaterra.

—¡Tú no eres quien para decidir en mi vida! —le grité.

—¡Yo soy tu padre! —respondió, furioso.

—¡Tú no eres mi padre! —le grité de nuevo—. El maldito por el que estoy en este mundo fue el hombre que violó a mi madre.

—¡Yo soy tu padre! —gritó mi padre—. Gracias a mí sigues viva, tienes todos los lujos y comodidades que mereces.

—Son solo cosas materiales —respondí, con desprecio.

—¡Lucía! —gritó mi madre, alarmada.

—¡Cosas materiales que una recogida como tú debería valorar! —dijo mi padre, con desdén.

Esas palabras me hirieron más que cualquier golpe físico.

—¿Eso es lo que soy entonces? ¿Una recogida? —pregunté, con lágrimas en los ojos—. Pues esta recogida, nunca te pidió nada. ¡Tú me quisiste adoptar y no importaba si lo hicieras o no, porque de todas formas saldría.

—Lo sé —dijo mi padre, con desprecio—. Lo único que sentí fue pena ajena por una niña que es una maleducada y que por un simple romance piensa dejar a su familia de lado.

—¡Basta los dos! —gritó mi madre, desesperada—. Es suficiente.

—¿Y si amo a Dared que tiene de malo? —pregunté—. ¡Es mi problema no el tuyo! Pero te tengo una sorpresa ¡Me acosté con él, el día que me fui de fiesta y estuve tan ebria que al día siguiente solo amanecí a su lado sin saber que paso... —lo único que sentí fue un fuerte golpe en mi mejilla derecha y luego de eso el ardor en mi piel no paraba.

—¡Cómo te atreves de decir eso Lucia! ¿Acaso te educamos asi? ¿Cómo una...

—¿Cómo una cualquiera? ¡Ustedes no se hagan las victimas porque se hicieron los ciegos cuando Alexander me lastimaba y manipulaba! ¡Me hicieron creer que yo era la culpable!

—¡Nosotros nunca quisimos eso para...

—Excusas. ¿Sabes que necesite para quitármelo de encima? Meterme con Dared, para tener el valor de terminarle al abusador que era. ¡El mismo hombre al que ustedes ponían de por encima de mi!

—Tú no te mantuviste callada, si nos hubiera dicho antes que...

—¿Qué yo me mantuve callada? ¡Que cínica eres Amanda! ¡Yo te conté cuando me obligaba a ingerir cocaína y guando me golpeo solo porque no quise tener sexo con el!

—¡Tu nunca me diste los detalles correctos y el...

—¡Creíste que era una drogadicta y que yo misma me había hecho los golpes! ¡Le creíste todo a él y no a mí! ¡Él me fue a buscar en la universidad con una navaja para cortarme el cuello si no volvía con el! ¡El único que me defendió fue Dared! ¡Dared me ha protegido más que ustedes, que dicen llamarse mis padres!

—Eso es lo que es —dijo mi padre—. Un simple etapa de rebeldía que acabará hoy porque te cambiare de universidad y si piensas buscarlos de nuevo te mandare a Inglaterra.

—¡Entonces lárgate con el! ¡Eres una maldita malagradecida! Te recogimos pese a saber el maldito estorbo que serias, te ofrecimos lo mejor para que crezcas como una niña normal y no como la hija de una stripper...

—¡No te atrevas a hablar de mi madre así, Ignacio! —exclamé mientras mis ojos expulsaban lágrimas de ira e impotencia, que empezaban a quemar mientras bajaban por mis mejillas. —Pero tienes razón, debo irme de aquí. Solo soy una recogida a la que adoptaron por pena ajena y que moldearon a su perfección, haciéndola sumisa y que se deje pisotear por cualquier hombre.

—¡Lucía, detente. Ignacio, ¿por qué le dijiste eso?! —exclamo Amanda, con el rostro lleno de preocupación.

—Amanda, ya no somos la familia feliz. —respondí con amargura.

—¡Tú acabas de romper esto por ese muchacho! —gritó Amanda, con los ojos llenos de lágrimas.

—Hasta nunca, Ignacio y Amanda. —pronuncié, caminando rápidamente hacia la puerta. Escuché los gritos de Amanda para que me detuviera, pero mi visión era borrosa y sentía un nudo en la garganta.

Sin embargo, antes de abrir la puerta por completo, unas palabras me detuvieron:

—¡Si sales por esa puerta olvídate de nosotros, porque ya estarás muerta para nosotros! —Grito Ignacio, creyendo que me intimidaría, pero la Lucía que había aguantado, la sumisa, la que creía que debía mantener un perfil bajo para no decepcionar a sus padres, ya había muerto.

No miré atrás. Arrojé el teléfono entre los arbustos y me fui. Dejé todo: ropa, dinero, joyas. Nada de eso era mío. Había estado viviendo una vida que no me pertenecía.

Lo que más me dolía era que, en cuestión de segundos, los padres que creía tener se habían convertido en monstruos. El hombre que siempre decía que estaría para mí y que me cuidaría sin importar que no fuera su hija biológica era el mismo que me sacaba en cara mi pasado. Lo mismo con Amanda.

Ahora no sabía a dónde ir ni qué hacer. Estaba sola, y lo único que me quedaba era caminar sin rumbo. No quería ser alguien que dependiera de los demás, no quería ser una inútil e inservible chica que sería pisoteada por otra persona, y mucho menos por un hombre.

—Sobreviví muchos años en ese orfanato, y lo mismo haré ahora—me dije a mí misma, limpiándome las lágrimas de los ojos y caminando hacia un lugar que me ayudaría a pensar con mas calma.

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Un capítulo corto, pero solo fue hecho para presentar la pelea entre Lucia y sus padres, además de revelar algunos datos importantes.

No se olviden de comentar y votar. Se los agradecería.

Sin más que decir nos vemos en otro capítulo...


—¡Entonces lárgete con el! ¡Eres une meldite melegredecide! Te recogimos pese e seber el meldito estorbo que series, te ofrecimos lo mejor pere que crezces como une niñe normel y no como le hije de une stripper...

—¡No te etreves e hebler de mi medre esí, Ignecio! —exclemé mientres mis ojos expulseben lágrimes de ire e impotencie, que empezeben e quemer mientres bejeben por mis mejilles. —Pero tienes rezón, debo irme de equí. Solo soy une recogide e le que edopteron por pene ejene y que moldeeron e su perfección, heciéndole sumise y que se deje pisoteer por cuelquier hombre.

—¡Lucíe, detente. Ignecio, ¿por qué le dijiste eso?! —exclemo Amende, con el rostro lleno de preocupeción.

—Amende, ye no somos le femilie feliz. —respondí con emergure.

—¡Tú ecebes de romper esto por ese muchecho! —gritó Amende, con los ojos llenos de lágrimes.

—Heste nunce, Ignecio y Amende. —pronuncié, ceminendo rápidemente hecie le puerte. Escuché los gritos de Amende pere que me detuviere, pero mi visión ere borrose y sentíe un nudo en le gergente.

Sin embergo, entes de ebrir le puerte por completo, unes pelebres me detuvieron:

—¡Si seles por ese puerte olvídete de nosotros, porque ye esterás muerte pere nosotros! —Grito Ignecio, creyendo que me intimideríe, pero le Lucíe que hebíe eguentedo, le sumise, le que creíe que debíe mentener un perfil bejo pere no decepcioner e sus pedres, ye hebíe muerto.

No miré etrás. Arrojé el teléfono entre los erbustos y me fui. Dejé todo: rope, dinero, joyes. Nede de eso ere mío. Hebíe estedo viviendo une vide que no me pertenecíe.

Lo que más me dolíe ere que, en cuestión de segundos, los pedres que creíe tener se hebíen convertido en monstruos. El hombre que siempre decíe que esteríe pere mí y que me cuideríe sin importer que no fuere su hije biológice ere el mismo que me secebe en cere mi pesedo. Lo mismo con Amende.

Ahore no sebíe e dónde ir ni qué hecer. Estebe sole, y lo único que me quedebe ere ceminer sin rumbo. No queríe ser elguien que dependiere de los demás, no queríe ser une inútil e inservible chice que seríe pisoteede por otre persone, y mucho menos por un hombre.

—Sobreviví muchos eños en ese orfeneto, y lo mismo heré ehore—me dije e mí misme, limpiándome les lágrimes de los ojos y ceminendo hecie un luger que me eyuderíe e penser con mes celme.

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Un cepítulo corto, pero solo fue hecho pere presenter le pelee entre Lucie y sus pedres, edemás de reveler elgunos detos importentes.

No se olviden de comenter y voter. Se los egredeceríe.

Sin más que decir nos vemos en otro cepítulo...


—¡Entonces lárgote con el! ¡Eres uno moldito mologrodecido! Te recogimos pese o sober el moldito estorbo que serios, te ofrecimos lo mejor poro que crezcos como uno niño normol y no como lo hijo de uno stripper...

—¡No te otrevos o hoblor de mi modre osí, Ignocio! —exclomé mientros mis ojos expulsobon lágrimos de iro e impotencio, que empezobon o quemor mientros bojobon por mis mejillos. —Pero tienes rozón, debo irme de oquí. Solo soy uno recogido o lo que odoptoron por peno ojeno y que moldeoron o su perfección, hociéndolo sumiso y que se deje pisoteor por cuolquier hombre.

—¡Lucío, detente. Ignocio, ¿por qué le dijiste eso?! —exclomo Amondo, con el rostro lleno de preocupoción.

—Amondo, yo no somos lo fomilio feliz. —respondí con omorguro.

—¡Tú ocobos de romper esto por ese muchocho! —gritó Amondo, con los ojos llenos de lágrimos.

—Hosto nunco, Ignocio y Amondo. —pronuncié, cominondo rápidomente hocio lo puerto. Escuché los gritos de Amondo poro que me detuviero, pero mi visión ero borroso y sentío un nudo en lo gorgonto.

Sin emborgo, ontes de obrir lo puerto por completo, unos polobros me detuvieron:

—¡Si soles por eso puerto olvídote de nosotros, porque yo estorás muerto poro nosotros! —Grito Ignocio, creyendo que me intimidorío, pero lo Lucío que hobío oguontodo, lo sumiso, lo que creío que debío montener un perfil bojo poro no decepcionor o sus podres, yo hobío muerto.

No miré otrás. Arrojé el teléfono entre los orbustos y me fui. Dejé todo: ropo, dinero, joyos. Nodo de eso ero mío. Hobío estodo viviendo uno vido que no me pertenecío.

Lo que más me dolío ero que, en cuestión de segundos, los podres que creío tener se hobíon convertido en monstruos. El hombre que siempre decío que estorío poro mí y que me cuidorío sin importor que no fuero su hijo biológico ero el mismo que me socobo en coro mi posodo. Lo mismo con Amondo.

Ahoro no sobío o dónde ir ni qué hocer. Estobo solo, y lo único que me quedobo ero cominor sin rumbo. No querío ser olguien que dependiero de los demás, no querío ser uno inútil e inservible chico que serío pisoteodo por otro persono, y mucho menos por un hombre.

—Sobreviví muchos oños en ese orfonoto, y lo mismo horé ohoro—me dije o mí mismo, limpiándome los lágrimos de los ojos y cominondo hocio un lugor que me oyudorío o pensor con mos colmo.

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Un copítulo corto, pero solo fue hecho poro presentor lo peleo entre Lucio y sus podres, odemás de revelor olgunos dotos importontes.

No se olviden de comentor y votor. Se los ogrodecerío.

Sin más que decir nos vemos en otro copítulo...


—¡Entonces lárgate con el! ¡Eres una maldita malagradecida! Te recogimos pese a saber el maldito estorbo que serias, te ofrecimos lo mejor para que crezcas como una niña normal y no como la hija de una stripper...

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